El impacto de la dependencia sobre la salud familiar

La sanidad es uno de los pilares básicos del sistema de bienestar de cualquier país desarrollado. Este espacio de política pública es uno de los programas de protección social que mayor inversión requiere y, a su vez, de los que más apoyo recibe por parte de la ciudadanía. Esto refleja el papel que juega la salud entre las prioridades básicas de las personas. El sistema de bienestar interviene en el proceso de generación y mantenimiento de la salud, sin embargo, los cuidados que las personas necesitan en situaciones de discapacidad, enfermedad crónica y durante la vejez, tradicionalmente no han estado contemplados por los modelos clásicos de protección social existentes, salvo en excepciones como la de los Países Escandinavos o los Países Bajos. Esta situación es especialmente visible en los sistemas de bienestar mediterráneos, configurados en torno a una concepción “familista” según la cual, las políticas públicas dan por sentado que las familias deben asumir la provisión de bienestar a sus miembros, siendo escasas las prestaciones que el Estado destina a las familias.

El incremento de la esperanza de vida y el acelerado envejecimiento de la población española a lo largo de las últimas décadas repercuten sobre la salud de la población, aumentando la presencia de enfermedades crónicas y la necesidad de sus respectivos cuidados. En los países familistas del Sur de Europa el cuidado está culturalmente arraigado a la familia, por lo que la presencia de un familiar en situación de dependencia suele afectar al resto de miembros del hogar, especialmente al “cuidador principal”, que generalmente es mujer, con ingresos y carga laboral reducida. Este tipo de situaciones conlleva una alteración de los roles individuales de las personas cuidadoras, que habitualmente deben modificar sus hábitos de vida al asumir una responsabilidad inesperada. Además, este fenómeno se ve agravado por los cambios sociales y familiares (disminución del tamaño familiar, cambios en la estructura y funcionamiento de la familia y creciente participación femenina en el mercado laboral) que aumentan las dificultades para la prestación de cuidados cotidianos a familiares dependientes.

Esta situación ha conducido al cuidado informal al centro del debate de las políticas sociales y de bienestar y ha alimentado un creciente interés en el estudio del cuidado informal y los modos de abordarlo. No obstante, si bien con la llegada del nuevo siglo se llegó a reforzar el sistema de protección social a la dependencia, la recesión económica nos ha conducido a una reducción del gasto público en estas políticas y ha provocado una pérdida de capacidad adquisitiva de las familias, disminuyendo así su posibilidad de contratar servicios de cuidados sanitarios, lo que supone una vuelta a los cuidados informales.

Podemos definir el cuidado informal como la prestación de cuidados de salud a personas dependientes por parte de familiares, amigos y otras personas de la red social inmediata sin recibir una retribución económica directa por la ayuda ofrecida. Los servicios que incluye el cuidado informal son: a) de infraestructura básica: alojamiento, alimentación, limpieza, compras, información, etc.; b) servicios no remunerados relacionados directamente con la salud: diagnóstico, compañía, transporte, vigilancia, aplicación de tratamientos, etc.; y c) la gestión del consumo de servicios sanitarios: trámites, pagos, información, compra de medicamentos, etc.

Los cuidados informales desarrollados en el ámbito familiar constituyen una forma de trabajo vinculada a la identidad de género. Se trata de una responsabilidad adscrita tradicionalmente a las mujeres y que no conlleva remuneración, por lo que estos cuidados se caracterizan por la invisibilidad y el escaso reconocimiento social. Tradicionalmente han sido las mujeres sin empleo (amas de casa), las que poseen un menor nivel educativo y las que habitan en hogares de bajos ingresos quienes han tenido una mayor probabilidad de desempeñar el papel de cuidadoras con mayor intensidad y frecuencia. También existen desigualdades de género en los tipos de cuidados prestados, en el tiempo dedicado al cuidado y en el impacto o coste de cuidar. De esta forma, las mujeres asumen más a menudo las tareas de cuidados más pesadas, intensas y complejas, les dedican más tiempo que los hombres y se ven más perjudicadas en su salud y en su vida cotidiana por desempeñar esta función.

La mayoría de las investigaciones sobre el impacto del cuidado en la salud de las personas cuidadoras determinan que produce un deterioro de la salud física y mental, siendo más evidente el efecto negativo en la salud psicológica que en la física. De esta forma, las principales consecuencias relacionadas con la salud son de carácter emocional, como el estrés psicológico, estados de ánimos bajos, pérdida de sensación de control y autonomía, depresión , sentimiento de culpa y frustración. También se ha comprobado que los cuidadores tienen tasas de morbilidad mayores que el resto de la población.

El contexto social e individual de los cuidadores es determinante en el impacto que el cuidado tendrá sobre su salud. Por lo tanto, el apoyo social y familiar es uno de los factores clave en los posibles impactos negativos en la salud psicológica de los cuidadores. La falta de apoyo familiar está relacionada con un peor estado psicológico del cuidador y con problemas de depresión crónica.

El cuidado también afecta a la salud física de los cuidadores, que con frecuencia son de edad avanzada, de la misma generación que la persona dependiente a la que cuidan. Y es que el esfuerzo físico que supone la realización de muchas actividades de cuidado pueden ser causantes de dolores en los cuidadores. Otro factor a tener en cuenta es el fenómeno del “cuidador descuidado”, en referencia a la desatención por parte del cuidador de su cuidado personal por el hecho de cuidar a otra persona. Esta falta de autocuidado también puede agravar la salud del cuidador.

Ante esta situación, queda de manifiesto la necesidad de realizar un alto esfuerzo por parte de las administraciones públicas en el desarrollo de políticas de género que promuevan la distribución igualitaria de las cargas familiares. Así mismo, deben continuar realizándose investigaciones que permitan visibilizar y proponer soluciones ante la situación de vulnerabilidad que presentan las personas encargadas de los cuidados informales. En este sentido, sería necesario el desarrollo de políticas sociales y sanitarias que apuesten por una mayor cobertura del cuidado de las personas dependientes por parte del sistema de bienestar, especialmente teniendo en cuenta los actuales cambios sociales y demográficos que dificultan la sostenibilidad del sistema de cuidados informales.

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