Familias monoparentales: una historia de vulnerabilidad

Durante las últimas décadas, la vida familiar ha experimentado profundas transformaciones a nivel estructural, valorativo, actitudinal y funcional. Estos cambios vienen motivados por una variedad de factores, como el declive de la fecundidad, el aplazamiento o desistimiento del matrimonio, el incremento de las tasas de separación y de divorcio, la incorporación de las mujeres al mercado laboral, el cambio de roles de género, etc. Esta serie de transformaciones han dado lugar a nuevas tipologías de familias, entre las que se encuentran las monoparentales.

Este modelo familiar está profundamente marcado por la dimensión de género y las situaciones sociales de riesgo. Se trata de una forma de convivencia familiar en la que la mujer, en una proporción más elevada que el varón, ejerce solitariamente el liderazgo moral y material y asume cotidianamente el grueso de las labores y la responsabilidad diaria de la mayor parte de las cuestiones que afectan directamente a los hijos. Como prueba de ello, algunos datos, como los ofrecidos por Save The Children, muestran que la mayoría de familias monoparentales están formadas por una mujer sola a cargo de su prole (82% de los casos). Además, es frecuente la asociación de esta modalidad de hogar con situaciones sociales de riesgo, vinculadas a la pobreza y a la exclusión social, afectando a más de la mitad de los hogares monoparentales (53,3%).

Aunque el término monoparentalidad es relativamente novedoso, no lo es tanto la situación familiar a la que hace referencia, pues siempre han existido las procreaciones fuera del matrimonio, las separaciones entre los cónyuges por motivos sociales (encarcelamiento, guerra, migraciones…) o la viudedad. Tradicionalmente, la situación de monoparentalidad se ha visto asociada a la marginalidad, el consumo de drogas, la prostitución, la delincuencia y la crianza de hijos conflictivos. Sin embargo, a día de hoy sabemos que en el surgimiento de la familia monoparental intervienen otros muchos factores.

Existen múltiples formas de acceso a la monoparentalidad que actualmente se agrupan en cuatro principales vías: 1) maternidad extraconyugal, 2) monoparentalidad por elección propia: reproducción asistida, adopción, acogimiento, etc., 3) maternidad vinculada a una relación conyugal previa: separaciones o divorcios y disoluciones familiares por defunción, y 4) monoparentalidad vinculada a situaciones sociales: emigración, trabajo, hospitalización, encarcelación. Entre estas cuatro rutas de acceso, se observa una distinción entre el acceso a la monoparentalidad como elección directa o como situación “encontrada” a causa de otras circunstancias.

En este sentido, desde una perspectiva de bienestar y riesgo de pobreza, existe una clara distinción entre familias monoparentales según la voluntariedad de su formación. Así, la monoparentalidad escogida está relacionada con un grado considerable de bienestar y niveles superiores de participación e inclusión social, debido a que el perfil de estas madres y padres, es, por lo general, el de individuos con un puesto de trabajo estable y un nivel de estudios superior a la media. Por el contrario, la maternidad no escogida se vincula con una mayor vulnerabilidad y un mayor riesgo de pobreza y exclusión social. Por lo tanto, las familias monoparentales no constituyen un todo homogéneo con la misma capacidad de respuesta a las dificultades sociales. Además, otras variables, como el sexo, la clase social, la etnia, la edad de la madre, el nivel educativo, la situación en el mercado laboral, la posesión o no de una vivienda o la edad de los hijos, marcan la diferencia entre sus necesidades, los recursos de los que disponen para satisfacerlas y, por lo tanto, el riesgo de caer en la pobreza y/o la exclusión social.

El principal problema que sufren las familias monoparentales es la sobrecarga de trabajo del cabeza de familia. El progenitor que se queda al cargo de los hijos, principalmente mujer, como ya hemos señalado, tiene que hacer frente en solitario a las tareas de mantenimiento del hogar (limpieza, compra, cocina, etc.), así como a las obligaciones que requiere la responsabilidad del cuidado de los hijos, haciendo, además, todo ello compatible con su otra actividad fuera del hogar. Esta situación constituye un problema para la madre sola, que, por lo general, pasa a encontrarse en una situación de vulnerabilidad económica y social mayor a la de antes de la entrada en la monoparentalidad.

Unido a lo anterior, el problema se agrava debido a la ausencia de un servicio de apoyo al cuidado de los niños. Las madres solas no cuentan con las ayudas suficientes para conciliar la vida personal, familiar y laboral. Ante estas circunstancias, encuentran serias dificultades para cuidar de sus hijos en la etapa preescolar, o, una vez escolarizados, atender sus enfermedades o cubrir los desajustes temporales entre jornada laboral y horarios y vacaciones escolares. Las familias monoparentales, por lo general, sólo poseen una vía de ingresos económicos en el hogar, y no suelen ser suficientes como para poder contratar servicios de cuidados en el mercado privado. Por lo tanto, ante la falta de medidas óptimas que faciliten la conciliación, muchas madres solas se ven obligadas a reducir su jornada laboral –con la consiguiente disminución de ingresos– o, incluso, a abandonar temporalmente el mercado de trabajo para poder atender las necesidades de sus hijos. De esta forma, la monoparentalidad genera una gran dificultad de inserción laboral. Y es que una sociedad organizada en torno al eje trabajo productivo que descuida lo que sucede en el espacio privado, somete a todas las mujeres, y en especial a las trabajadoras y/o que encabezan familias monomarentales, a peores condiciones sociales de vida.

Esto, en parte, se debe a que el régimen de bienestar español posee un marcado carácter familista, reforzado por una escasa voluntad política por implementar políticas de apoyo social a las familias, en gran medida a consecuencia de los valores heredados del franquismo. Así, factores como la fuerte institucionalización del matrimonio, el alto índice de amas de casa a tiempo completo, la intensidad de los contactos familiares entre hogares o los vínculos intergeneracionales han permitido a los gobiernos “despreocuparse” de garantizar mínimos de seguridad económica o de proporcionar servicios a grupos de población “desprotegidos”. De esta forma, la configuración de la protección social en España delega en la familia gran parte de la responsabilidad de provisión de bienestar. Por lo tanto, las políticas familiares resultan insuficientes para cubrir las necesidades y demandas de las familias, y especialmente las de las más vulnerables, como es el caso de las monoparentales.

Durante las últimas décadas, las familias monoparentales han crecido en número, logrando, paralelamente, un aumento de su visibilidad y presencia mediática, política, jurídica, académica y sociocomunitaria, ganándose un pequeño lugar en la agenda política. No obstante, a pesar de su creciente presencia en la sociedad española, no se ha producido una adecuada inclusión de la monoparentalidad en las políticas públicas de apoyo a las familias, pensadas especialmente para las familias biparentales.

Las políticas familiares desarrolladas en las últimas décadas no sólo no han conseguido mejorar sustantivamente la situación de las familias monoparentales en cuanto a prestaciones y uso de los permisos parentales, sino que están sesgadas por clase social, en beneficio de las clases más altas, y por procedencia u origen, perjudicando también mucho más a las que están encabezadas por mujeres inmigrantes. O sea que no equilibran la balanza equitativamente a favor de las familias monoparentales más pobres, ni atienden sus necesidades de información y atención en el caso de las que son responsabilidad de mujeres que han nacido fuera del país.

Y es que existen tres variables que definen el grado de vulnerabilidad de las familias monoparentales: el género (ser madre monomarental), la clase social (ser de familias pobres) y el lugar de nacimiento (la variable extranjería, que se podría ampliar a la etnia). De esta forma, son las mujeres monomarentales, pobres y extranjeras las que quedan expuestas a unos mayores niveles de vulnerabilidad y exclusión social. Desde una perspectiva feminista, el patriarcado, el capitalismo y el racismo definirían la posición de este grupo de madres monomarentales.

En definitiva, las familias monoparentales rompen con el modelo tradicional de familia, lo que plantea un reto para el Estado de bienestar español, configurado mediante unos valores patriarcales y pensando en un modelo familiar que cada vez se encuentra más desfasado. A su vez, cuestionan un sistema económico que no tiene en cuenta las tareas de cuidados necesarias para el desarrollo de la vida humana. Este modelo familiar es el máximo exponente de la reorganización familiar de los roles sexistas de la familia nuclear heredada del franquismo, la del varón sustentador y la mujer ama de casa y cuidadora de los miembros de la familia. Y por ello quedan expuestas a situaciones de vulnerabilidad y exclusión social, consecuencia de la inviabilidad de unas sociedades que se organizan en torno a la biparentalidad, la heteronormatividad y el trabajo productivo.

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